Dos boletos para volver
Mateo compra dos pasajes para una reconciliación que nadie le prometió. En la terminal tendrá que aprender qué significa acompañar.

Mateo llevaba dos boletos doblados dentro de la funda del teléfono. Había comprado el segundo por impulso, después de que Lucía le dijera que viajaría al pueblo el viernes. Su padre iba a vender la casa familiar y ella quería recoger algunas cosas. Mateo imaginó que aparecer con un asiento a su lado demostraría más que otro mensaje de disculpa. Durante el camino a la terminal ensayó una frase que sonaba menos segura cada vez.
Se habían separado tres meses antes. No por falta de cariño, según él, sino por horarios, cansancio y problemas de dinero. Lucía decía algo distinto: cuando ella hablaba de lo que necesitaba, Mateo le explicaba por qué no debía necesitarlo. Si quería descansar, él proponía organizarse mejor. Si extrañaba su pueblo, él enumeraba las ventajas de la ciudad. Ahora él pensaba resolver la distancia con un viaje sorpresa.
La encontró bajo el tablero de salidas. Lucía sostenía una bolsa de tela y hablaba con un hombre mayor sentado en una silla de ruedas. No parecía sorprendida al ver a Mateo; parecía cansada. Él mostró los boletos antes de saludar al hombre. «No tenías que hacer eso», dijo ella. Mateo contestó que lo sabía, aunque en realidad había esperado exactamente la respuesta contraria.
El hombre era don Ernesto, un vecino que había vivido frente a su casa. Su hija lo esperaba en otra ciudad, pero el autobús accesible de la mañana había sido cancelado. Lucía lo había reconocido mientras compraba agua y se había quedado para ayudar. El empleado de la terminal ofrecía una salida al día siguiente. Don Ernesto llevaba una bolsa con medicamentos que necesitaban refrigeración y no quería pasar la noche allí.
Mateo vio en la pantalla que todavía quedaban plazas en un servicio de la tarde. Lo dijo con esa rapidez con que solía arreglar los problemas ajenos. Lucía le señaló el pequeño símbolo junto al horario: aquel autobús tampoco admitía la silla. Él sintió la tentación de discutir con el empleado, de convertirse en el protagonista útil de la escena. En lugar de hacerlo, preguntó a Ernesto qué alternativa le serviría.
El hombre explicó que podía pasar al asiento con ayuda, siempre que la silla viajara sin desmontarse. Nadie se lo había preguntado. Entre los tres hablaron con la empresa y comprobaron las medidas del equipaje. El conductor de un servicio distinto aceptó llevarla en un compartimento amplio. Faltaba un pasaje: aquella línea costaba más y Ernesto solo tenía el dinero del boleto cancelado.
Mateo miró los dos asientos que había comprado. Podía devolverlos antes de la salida y recuperar casi todo. Lucía todavía viajaría en su autobús original, el que había elegido sin consultarlo. De pronto, el segundo boleto dejó de parecer un gesto romántico y se volvió lo que era: una decisión tomada por otra persona. Se acercó a la ventanilla, pidió el reembolso y completó con él el pasaje de Ernesto, sin anunciarlo en voz alta.
Cuando el hombre estuvo instalado, Lucía le dio las gracias. Mateo negó con la cabeza y luego corrigió el gesto: sí, podía aceptar un agradecimiento sin convertirlo en una deuda. Quedaban veinte minutos para la partida de ella. Se sentaron a comer unas galletas y, por primera vez en meses, él escuchó la historia de la casa que se vendía. No propuso impedir la venta. Preguntó qué objeto le gustaría conservar.
«La mesa donde mi mamá amasaba», contestó Lucía. Era demasiado grande para su departamento. Mateo pensó en ofrecer su camioneta, pero esperó. Ella siguió hablando y terminó pidiéndole ayuda para transportarla la semana siguiente. No era una invitación a volver como pareja. Era algo concreto, pequeño y libre. Él aceptó sin añadir condiciones, y los dos permanecieron un momento en silencio.
Lucía subió sola. Desde la ventana le mostró la bolsa de tela, que por fin llevaba bien cerrada. Mateo regresó a casa en transporte público con una foto de las medidas de la mesa. No sabía si habría otra oportunidad entre ellos. Sabía que el sábado siguiente debía llegar a las nueve, llevar mantas y escuchar a Lucía cuando indicara dónde poner las patas. Esta vez, para empezar, eso era suficiente.
Este relato es una obra de ficción. Sus personajes y situaciones son imaginarios.

